miércoles, 18 de enero de 2017

La sonrisa de Carl Spitzweg


La sonrisa es un arte delicado que no está al alcance de todos los talentos; hay personas intensas que, bien ríen a carcajadas, bien se enfadan terriblemente, bien lloran como niños, pero sin embargo jamás han podido sonreir. Los fanáticos tampoco sonríen nunca, no sólo no sonríen ellos, sino que no toleran que nadie se sonría a su alrededor, ni siquiera para sus adentros, lo consideran una ofensa; para el fanático todo es perfectamente serio: el bien, el mal... Sonreir expresa un distanciamiento irónico que no cabe en su mundo sin matices. 

Quien sonríe, aunque sea para sus adentros, expresa en efecto un distanciamiento, una disidencia, una disidencia burlona, pero en tono delicado y cortés. Quien sonríe no será el tipo de persona que señala con el dedo al diferente, ni el que se burla de las caídas del prójimo, más bien me parece uno de esos tipos que se ha reído ya no poco de sí mismo y que por tanto se atreve a sonreir también ante las torpezas, la ilusiones, los autoengaños, las coqueterías de sus vecinos, pero sobre todo se sonríe, y mucho, de la fatuidad, la prepotencia, los humos o la intolerancia de algunos.

La sonrisa es algo así como una crítica en ciernes, una que no se atreve a ser pronunciada por pura delicadeza, por educación, o simplemente por la caritativa consideración de que, al fin y al cabo, todos somos más o menos ridículos, según se mire, y no tenemos que tomarnos nada demasiado en serio, especialmente no tenemos que tomarnos a nosotros mismos demasiado en serio. 

Por eso siempre he pensado que una sociedad civilizada siempre sería aquella en la que más y mejor sonriésemos, o sea, justo lo contrario de lo que vivimos en la actualidad, donde cada quisque tiene sus intocables, vocifera sus verdades no pedidas y nos acribilla con acerbas críticas si nos hemos atrevido a sonreir, aunque sea levemente, sobre alguna de sus creencias sagradas. Pobre de ti si haces broma de cualquier colectivo de los que tienen la patente de corso de la indignación oficial. Los nuevos inquisidores vendrán en masa a increparte y ponerte en tu lugar, la picota.

Por eso, y no porque crea que sea un pintor magistral (aparte ¿qué es un pintor magistral?) me gusta tanto el bávaro Carl Spitzweg (1808 - 1885). Este pintor encarna en su pintura el buen humor, la sonrisa bienitencionada. La distancia entre Spitzweg y sus contemporáneos se entiende en un segundo si uno se para a comparar el hombre solitario del cuadro de Caspar Friedrich "El caminante sobre un mar de niebla" con los personajes solitarios que tan a menudo aparecen en los cuadros de Spitzweg, mientras el personaje de Friedrich parece abismado en profundos pensamientos o trascendiendo en su comunión con la Naturaleza, los solterones de Spitzweg, cada uno cultivando sus peculiares manías, nos convidan a mirarnos a nosotros mismos y cultivar una sana autoironía.

El humor de Spitzweg apunta en todas direcciones: soldados que vigilan murallas que nadie parece a punto de querer atacar, enamorados líricos y tontorrones, los graciosos, los artistas y sus ínfulas, los solitarios-solterones (probablemente como el autor mismo, cuya larga y burguesa vida deja pocas anécdotas que contar), el clero, al que, frente al aura mística de un Franz Oehme en "La catedral en invierno", en lugar de representarlo rezando o en actitud heroica, nos lo muestra siempre enfrascado en actividades cotidianas y banales.

Sin embargo este humor no es nunca malvado ni pretende ser hiriente, ni tampoco moralista ni aleccionador, es una sátira en tono menor cuyo perfume, como mandan los cánones de la buena educación, casi no se nota. Es captado por las almas inteligentes y avisadas y resbala sobre los duros de mollera y de este modo los esquiva. Que Vds. lo disfruten.



Carl Spitzweg. El poeta pobre, 1839.






 Carl Spitzweg. Miércoles de Ceniza






 Carl Spitzweg. La rata de biblioteca






 Carl Spitzweg. El cazador de mariposas






 Carl Spitzweg. Haciendo punto en el puesto de avanzada.






 Carl Spitzweg. Una visita.






 Carl Spitzweg. El brujo.






 Carl Spitzweg. Monje cocinando.






 Carl Spitzweg. Monjes disputando.






 Carl Spitzweg. Eremita haciendo punto.






 Carl Spitzweg. El amigo de las flores.






 Carl Spitzweg. De guardia.






 Carl Spitzweg. El naturalista.






 Carl Spitzweg. El vendedor de libros.






 Carl Spitzweg. El escritor.






 Carl Spitzweg. El jardinero aficionado.






 Carl Spitzweg. El pintor bajo el paraguas en el bosque.






 Carl Spitzweg.El pintor de paisaje.






 Carl Spitzweg.El cactus.



Gracias a una extraordinaria coincidencia de la que me acaban de informar, Juan Muro, editor del conocido blog de arte El Dibujante acaba de publicar una excelente entrada sobre Carl Spitzweg que merece ser leída, ya que es muy interesante e informativa. He aquí el vínculo:


Del mismo modo Ignacio Viloria en su blog Líneas sobre arte también hbla de la obra de Spitzweg (éste sí que lo había leído). Muy interesante:




martes, 27 de diciembre de 2016

La huida a Egipto

"Así que se partieron (los magos), he aquí que un ángel del Señor se aparece en sueños a José, diciéndole: Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto, y estáte allí hasta que yo te diga, porque Herodes va a buscar al niño para acabar con él. Él, levantándose, tomó consigo al niño y a su madre, de noche, y se refugió en Egipto; y estuvo allí hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliese lo dicho por el Señor por boca del profeta: De Egipto llamé a mi hijo"

Mateo, 2, 13-16.



Fra Angelico (1395-1455)




 Joachim Patinir (1480-1524)




 Pieter Brueghel el viejo (1525-1569)




 Domenikos Theotokopoulos, el Greco (1541-1614)




Adam Elsheimer (1578-1610)




 Abraham Bloemaert (1564-1651)




 Aert de Gelder (1645-1727)




Francisco de Zurbarán (1598-1664)




 Bartolomé Esteban Murillo (1617-1682)




 Adriaen van der Werff (1659-1722)




 Rembrandt Hamenszoon van Rijn (1606-1669)




 Orazio Gentileschi (1563-1639)




 Cornelis van Poelenburgh (1594-1667)




 Joachim Wtewael (1566-1638)




 Claude Lorrain (1600-1682)




 Pierre Patel (1605-1676)




 Carl Spitzbeg (1808-1885)




 Jean-Léon Gérôme (1824-1904)




 José Ferraz de Almeida Junior (1850-1899)




 Henry Ossawa Tanner (1859-1937)




 John Singer Sargent (1856-1925)




Jean-François Millet (1814-1875)




viernes, 23 de diciembre de 2016

El Juicio de Paris

"Helena. La amaba ya antes de haberla visto. La culpa fue de aquella divina mujer" -Sigue, sigue abuelo, cuéntanos lo de aquella vez, cuéntanos lo del juicio. Los jóvenes se han arremolinado alrededor de un viejo borrachín de mano temblorosa y mirada un poco perdida. -Cuéntanos lo del juicio, venga. "Dadme un traguito, que tengo la boca seca. Así está mejor ¿Qué queréis que os cuente? Si ya me la habéis oido contar muchas veces, además, es tarde, bueno, en fin,  que empiezo, callaos. 

No conocía a aquella gente, pero me acuerdo como si hubiese sucedido ayer mismo. Era yo muy joven entonces y llevaba a pastar las vacadas de mi suegro allá por el monte Ida. Era el mediodía, a la hora en que hasta los bueyes se meten bajo los árboles buscando la sombra. Me llegué junto al Escamandro a echar una siestecita, el rumor del río y la sombra convidaban al sueño. No sé cuánto tiempo dormí, pero sé que un hombre extranjero me tocó en el hombro con una especie de vara que llevaba. Su apariencia era diferente a todas las personas que yo hubiera conocido, ni joven ni viejo, parecía flotar, o era su mirada la que parecia suspenderlo todo en una luz especial, no sé. Con él estaban tres mujeres, ¡Madre mía! ¡Qué mujeres! ¿Si eran diosas? Diosas sin duda debían de ser, porque otras tan guapas y tan señoras yo no he visto ni volveré a ver en esta cochina tierra, mujeres no, seguro, que las mujeres por aquí todas tienen el entrecejo frondoso y un bigote mediano, todas las manos hechas cisco de trabajar en el campo y la piel aceitunada. Aquellas eran otra cosa, blancas como la nieve, los mofletes bien colorados y unos labios que eran como fresitas maduras, estaban retraídas detrás del hombre que me despertó. 

Cuando salí del sueño el hombre me dijo: -Paris, espabila, que tienes que hacer una cosa. Estas que ves aquí son tres diosas principales. El Padre Zeus te manda que escojas cuál de ellas es la más hemosa de todas. Yo no decía nada, estaba como atontado. El hombre volvió a hablar: -Paris, ea, deja de hacer el tonto, cierra la boca y ponte a ello. Yo no salía de mi asombro, pero ya las tres mujeres se me acercaban de una en una, según su categoría, entiendo yo, y empezaron a hablar. La primera se le veía que estaba acostumbrada a mandar, una señorona de armas tomar, con corona y cetro y una ropa muy limpia y muy imponente, descendió de un carro que conducían pavos reales y se me dirigió con estas palabras: "Paris, muchacho, tú puedes tener lo que tú quieras, eres un joven sin duda ambicioso y capaz, si me eliges a mí como la más bella, yo te haré rey de toda Asia, tus súbditos se contarán por miles y tus tesoros brillarán de oro y gemas, nadie habrá que se te iguale." Así me habló y con tan autoritario acento que no me hubiese podido resistir a su mandato si no se hubiese ya acercado la segunda. 

Ésta llevaba un casco, escudo y lanza, como un guerrero, a más de una especie de piel escamosa a modo de toquilla de la que colgaban, como si fuesen los flecos, cabezas de serpientes. Sus ojos te taladraban, eran brillantes como los de la lechuza cuando caza de noche. Esto es lo que me dijo: "Paris, mientras tú dejas pasar tus días aquí entre las vacas, otros jóvenes están ganando la gloria con hechos de armas y la Fama pregona sus nobles acciones. Tú tienes sangre en las venas y valor y fuerza como cualquiera, si me eliges a mí te convertiré en el héroe más famoso del mundo, todos cantarán tus hazañas, los reyes te querrán como aliado, las ciudades te temerán, las mujeres caerán en tus brazos, el tesoro que ésta te prometía tú mismo lo conquistarás con tus propias manos." Así habló y tras lo dicho quedóse callada taladrándome con esa mirada hipnótica... 

La tercera no habló, al menos al principio no recuerdo que dijera nada, sólo aproximó su bellísimo cuerpo, un cuerpo que exhalaba un aroma divino a la vez que iluminaba cuanto le rodeaba, ¡tan bello! Ella no decía nada, pero su sonrisa aplacaba los vientos, su aliento hacía florecer el prado en derredor. Cuando habló fue como si una música sonara en mi cabeza: "Paris, Paris, el más guapo zagal de toda Asia, seguro que ninguna mujer digna de esa belleza se acerca a tu lecho y te hace disfutar de todos los gozos que yo sola conozco. Elígeme y te prometo que yo te proporcionaré a la mujer más bella del mundo. Helena es su nombre y ella, como tú, espera compartir sus dones con un hombre a su altura. Paris, Paris, no hagas caso de estas amargadas, el poder y la gloria son polvo, menos que polvo, cuando seas viejo de nada te servirá haber sido el más poderoso o el más valiente. Si me haces caso habrás sido el hombre más feliz, amando a la más hemosa de las mujeres y amado por ella, ni siquiera la muerte podrá borrar el recuerdo de tus amores. Vive, sé feliz el tiempo que se os concede a los mortales, ama, Paris." 

Todo lo que vino después ya lo sabéis, elegí a aquella diosa, Afrodita dicen que se llamaba, en verdad era la más guapa. Ella me hizo conocer a Helena. Fuimos muy felices, el mundo entero saltó luego en pedazos a nuestro alrededor y todo se perdió. Pero aún ahora recuerdo su belleza, aún ahora me queda el sabor de sus besos. He vivido y he amado, no me arrepiento de nada." -Venga abuelo, ¿Que tú, un viejo borracho, has tenido a la mujer más bella del mundo? ¿A Helena la de Troya? ¿Y qué más? ¡Menudo cuento tienes! En la taberna, en algún perdido lugar del que no quiero acordarme, los compadres brindan y ríen, y charlan, y entretanto el abuelo se adormece en el banco, mecido por el ruido de la charla y por las copas, duerme y sueña con su bella Helena y vuelven a ser jóvenes los dos por los campos del Ida...





 Juicio de Paris, Mosaico de los amores. Ciudad romana de Cástulo.




 Ara Casali, con escenas del juicio de Paris y de la guerra de Troya. Museo Pío Clementino, Roma.



 
 Autor desconocido (Italia) Juicio de Paris, 1430.




 Apollonio di Giovani, miniatura representando el juicio de Paris y el rapto de Ganímedes. 1450-60




 Francesco di Giorgio Martini, juicio de Paris, 1480. J. Paul Getty Museum, Malibú.




 Maestro del panel de los Argonautas, Juicio de Paris, 1480. Harvard Art Museums, Massachusetts




 Sandro Botticelli, Juicio de Paris, 1483-85. Fundación Giorgio Cini, Venecia.




 
Juan de Juanes (Vicente Juan Macip), Juicio de Paris, ca. 1523, Museo de Bellas Artes de Valencia.




 Lucas Cranach el Viejo, Juicio de Paris, 1528. Metropolitan Museum of Art, NY.




 Maestro del monograma PG, El sueño de Paris, 1536. Art Institute, Chicago.



 
Gillis van Coninxloo, Paisaje con el juicio de Paris, ca. 1600. National Museum of Western Art.




 Joachim Wtewael, el juicio de Paris, 1615. The National Gallery, Londres.




 Pieter Paul Rubens, El juicio de Paris, 1632-35. The National Gallery, Londres.



 
Claude Lorrain, el juicio de Paris, 1645-46. National Gallery of Art, Washington.




 Luca Giordano, El juicio de Paris, 1681-88. Museo del Hermitage, San Petersburgo.




Antoine Watteau, El juicio de Paris, 1718-21. Musée du Louvre, Paris.





 Angelica Kauffmann, El juicio de Paris, ca. 1781. Museo de Arte de Ponce, Puerto Rico.



Francois-Xavier Fabre, Juicio de Paris, 1808, Virginia Museum of Art.




William Blake, The Judgement of Paris (acuarela) 1806-17. The British Museum, Londres.




 Enrique Simonet Lombardo, El juicio de Paris, 1904. Museo de Málaga




 Arno Brecker, El juicio de Paris, 1946.




Margret Eicher. El juicio de Paris, (tapiz) 2002. Colección privada.